miércoles, 8 de mayo de 2013

Mentiras e intereses en tiempos de crisis

España con este gobierno ha conseguido el mayor número de parados de su historia: 6,2 millones. La tasa de paro ha alcanzado ya el 27 % de la población activa y superará el 28 % a lo largo del año. Hemos conseguido 3,5 millones de parados de larga duración y casi 2 millones de hogares con todos los miembros en paro, y las cifras siguen subiendo. El PIB ha caído un 0,5% en el primer trimestre del año, que es lo que tenía el gobierno previsto para todo el año. Ante estos datos tremendos, nuestros dirigentes siguen recortando gastos  obsesionados por el déficit y la deuda, en detrimento de la creación de empleo. ¿No os parece raro su empecinamiento? Además, no están sólos en esas políticas destructivas.




Los señores que dirigen las políticas económicas de los países europeos viven desde hace tiempo obsesionados con la reducción del déficit y orientan sus medidas a la reducción de éste mediante recortes presupuestarios. La deuda de los países soberanos no les deja dormir por las noches. En el trasfondo de estas creencias está la idea de la irresponsabilidad fiscal de los países. Estos incurren en grandes déficits presupuestarios y se endeudan en exceso. Es cierto que en Grecia sucedió algo parecido a lo que exponen, aunque esto sería una simplificación de la historia helena. Quizás incluso Portugal podría haber pecado algo de irresponsabilidad fiscal, pero Irlanda y España, justo antes de la crisis tenían superávit presupuestario. En Italia, aunque se había heredado un elevado nivel de deuda de los años 70 y 80 se estaba reduciendo la deuda de forma constante. Si, realmente la deuda, antes de la crisis, se estaba reduciendo en los países que ahora tienen problemas, ¿por qué se sigue insistiendo en las políticas de austeridad que empujan a los países a pozos más hondos haciendo que la salida de la recesión sea cada vez más difícil?

Los que abogan por las políticas de recortes saben perfectamente que éstas reducen la demanda suponiendo un bajón económico y un alza del desempleo. Pero piensan que la “confianza” generada en los mercados por estas medidas compensarán ese efecto negativo.

El problema está en que esta teoría, la austeridad expansiva, está basada en resultados estadísticos y ejemplos históricos que si se inspeccionan con atención no se sostienen en pie. No se ha demostrado que la relación entre la reducción del déficit y la fortaleza de la economía sea causal. De hecho, los investigadores del FMI estudiaron el problema en 2011 empleando información directa sobre los cambios de política para identificar episodios de austeridad fiscal. Lo que descubrieron entonces es que la austeridad fiscal deprime la economía, más que expandirla. Todos conocemos, sin embargo, los consejos y peticiones del FMI a los países en crisis, exigiéndoles junto con sus compañeros de la troika, recortes y austeridad. Últimamente parece que dan su brazo a torcer, pero con bastante ambigüedad. Es curioso observar la aleatoriedad de sus ideas, sobre todo después de saber que exigen lo que ellos mismos saben que no va a funcionar.




Pero volvamos a la pregunta inicial. ¿Por qué se empeñan en las políticas de austeridad?

El economista Michael Kalecki en 1943 escribió un ensayo sobre la importancia que tiene el llamado a la confianza para los que mandan en la economía. El decía que si no se puede restaurar el pleno empleo sin confianza empresarial, los grupos de presión empresariales tienen el poder del veto sobre las acciones del gobierno. Si el gobierno propone algo que no les gusta como por ejemplo dar más poder a los trabajadores, los empresarios pueden proclamar funestas advertencias sobre el modo que ello reducirá la confianza y hundirá el país en la depresión. Si se despliega una política fiscal y monetaria para combatir el desempleo, la confianza empresarial dejará de ser imprescindible y no se necesitará satisfacer las inquietudes de los capitalistas.

Además, como señala Paul Krugman en su libro “¡Acabad ya con esta crisis!”, una política monetaria que combata obsesivamente la inflación y que eleve las tasas de interés, incluso frente a un desempleo muy elevado, sirve a los intereses de los que prestan el dinero por oposición a los que lo toman prestado o trabajan para vivir. Los que nos prestan el dinero quieren que los gobiernos conviertan la devolución de la deuda en su máxima prioridad y se oponen a toda acción que prive de rendimientos a los banqueros (manteniendo los tipos bajos por ejemplo) o que erosione el valor de los títulos de crédito mediante la inflación.

El gran engaño consiste en hacednos creer que hemos pecado, que esta depresión es una consecuencia de nuestro derroche y que no se debe aliviar. Los poderosos se ponen en el papel de ser los que dicen no a un niño mimado. La insistencia en esta actitud consigue la perpetuación del sufrimiento y es totalmente destructiva. La laxitud en las políticas que generan empleo forma parte de este sinsentido que nos dirige hacia la barbarie.