miércoles, 22 de agosto de 2012

El derroche alimentario es cosa de todos

Hace un par de semanas saltaron a las portadas, una vez más, el alcalde de Marinaleda, Sánchez Gordillo, y el Sindicato Andaluz de Trabajadores (SAT). De nuevo decidían llamar nuestra atención con una acción polémica. Sin ir más lejos, decidieron asaltar, expropiar dijeron ellos, dos supermercados en Écija y Arcos de la Frontera. Las reacciones no se hicieron esperar, tanto a favor como en contra, sobre todo en las redes sociales: para unos Robin Hood, para otros demagogo y populista. Yo, personalmente, no estoy a favor de este tipo de actuaciones por muy loables que sean las intenciones. Nunca he pensado que el fin justifique los medios por muy justo que sea ese fin. Ya puestos a tomarnos la justicia por nuestra mano, ¿Quién decide lo que es justo y lo que no? ¿Se responsabilizarán Sánchez Gordillo o el SAT si otros deciden imitarles y en una de esas “expropiaciones” sucediera alguna desgracia? Obviamente han conseguido lo que buscaban, cobertura mediática y poner el foco por un lado en la situación dramática de cientos de miles de familias a las que apenas les llega para comer y, por otra parte, llamar la atención, una vez más, sobre la espiral de derroche de alimentos de nuestra sociedad. Aún así, como digo, no creo que se pueda justificar cualquier acción con la excusa del bien ulterior. 





Llegados a este punto, me he puesto a indagar, con curiosidad, en el segundo de los hechos alumbrados por la acción del SAT, el del derroche de alimentos. Todos nosotros, en algún momento, nos hemos llevado las manos a la cabeza viendo imágenes de agricultores tirando comida o los contenedores de los supermercados llenos a rebosar de alimentos, aún en buen estado, destinados al vertedero. Pero también, todos nosotros, en algún momento, hemos dejado en las estanterías o en el mostrador del mercado, algún envase abollado, un producto a punto de caducar o una fruta con mal aspecto exterior y, por supuesto, también hemos tirado alimentos caducados u olvidados en el fondo de la nevera. 

En España acaban en la basura más de siete millones y medio de toneladas de alimentos cada año suponiendo una media por habitante de 163 kilos. Como en otros aspectos negativos también aquí nos situamos en los primeros puestos de la Unión Europea sólo por detrás de Alemania, Holanda, Francia, Polonia e Italia. ¿Qué les parece que en un país donde más de un millón de personas viven por debajo del umbral de la pobreza se desperdicie un tercio de alimentos? ¿Quiénes son los culpables? 

La cadena alimentaria o la cadena del derroche 

El primer eslabón de la cadena del derroche lo encontramos en los productores y distribuidores de alimentos. Por un lado son los propios agricultores los que en situaciones de crisis, falta de demanda o precios bajos deciden deshacerse de parte de la producción ya que no compensa económicamente vender el producto. Pero el mayor derroche se da en las centrales hortofrutícolas donde se selecciona el género para la venta. Es en estos “concursos de belleza” donde, ciñéndose a criterios estéticos, sin tener en cuenta ni la calidad ni el sabor, miles de kilos de frutas y verduras se desechan sin que retornen al agricultor ni le sea pagado. Igualmente pasa con la industria pesquera en la que las capturas que no cumplen determinados criterios son devueltos al mar, ya cadáveres, sin ser aprovechados de ninguna manera.


En nuestro imaginario colectivo tenemos a las tiendas de alimentación, sobre todo supermercados, como los mayores culpables del desperdicio alimentario. Incluso nos permitimos demonizarlos como aquellos que prefieren tirar la comida a dárselo a los pobres. Obviamente se podría avanzar mucho más en este tema pero, según refieren en los bancos de alimentos, el mayor problema no es la falta de solidaridad de la cadenas de alimentación si no la imposibilidad de gestionar los más de 90 toneladas anuales que reciben. Falla la logística, el personal, las cámaras de refrigeración y el transporte para recoger y distribuir los alimentos. 



Por supuesto, otros de los eslabones de la cadena del derroche, lo encontramos en el sector de comidas preparadas, es decir, los restaurantes. En muchos establecimientos la mala gestión y falta de previsión hacen que muchos alimentos terminen en los cubos de la basura. Todos conocemos restaurantes famosos por la gran cantidad de comida que sirven. Pero ¿tiene sentido que si la mayor parte de los platos son devueltos a la mitad de su consumo se siga realizando esta práctica? ¿En que otro sector el empresario tiraría a la basura prácticamente la mitad de su género? Aún así, tampoco la restauración es culpable del mayor derroche de alimentos. 



La medalla de oro nos la llevamos los consumidores. Según las estimaciones de la Unión europea somos el origen del 42% de los desperdicios alimentarios. La falta de previsión y, en muchos casos la ignorancia, son culpables de que el 60% de nuestra compra termine en el cubo de la basura. Bastaría con realizar la compra ciñéndonos a las necesidades reales, ser un poco más cuidadosos a la hora de preparar nuestras comidas y aprovechar un poco más las sobras. Pero no es solo una cuestión de ética, fíjense bien en las cantidades que se barajan. Echen cuentas y piensen a cuanto asciende en su caso ese 60% de gasto que se podrían ahorrar. Como dijo Mahatma Gandhi, único líder que merece toda mi admiración y respeto, “Todo lo que se come sin necesidad, se roba al estómago de los pobres”. Imagínense lo que pensaría de todo este derroche. 

Una tarea global 

Los gobiernos deberían legislar en este tema al igual que se está haciendo en asuntos como el de la contaminación. Y no es casual esta referencia. Los residuos de alimentos originan gas metano, cuyo efecto invernadero es 21 veces superior al del dióxido de carbono. Algunos estudios indican que para producir un kilo de alimentos se emiten 4,5 kilos de CO2. Los casi 90 millones de toneladas de alimentos que se tiran en Europa producen 170 millones de toneladas de equivalente de CO2 anuales. A lo que habría que sumar lo causado por la producción de comida que no se consume, la distribución y el tratamiento y eliminación de esos residuos. 


También las administraciones deberían facilitar los medios necesarios para que los bancos de alimentos dejen de ser una opción voluntariosa y caritativa. Por un lado obligando a las cadenas de alimentación a donar todos sus excedentes en buen estado y por otro facilitando los medios para su conservación y distribución. Igualmente se debería clarificar el etiquetado de los productos; casi un 20% de los europeos declaran no conocer la diferencia entre consumo preferente y fecha de caducidad, por lo que muchos alimentos acaban en la basura estando en perfecto estado. 

Por su parte, los supermercados deberían facilitar la compra de cantidades adecuadas a nuestras necesidades, poniendo a nuestra disposición distintos tamaños del mismo producto y recuperando la compra a granel. Hay quien aboga por permitir la venta por debajo del precio de producción de aquellos productos a punto de caducar. De esta forma se les da salida y se facilita a determinadas personas con problemas económicos, cada vez más, el acceso a la alimentación. 

Pero como hemos visto los mismos que criticamos a los agricultores por tirar frutas o verduras para subir los precios, a los supermercados por desechar productos aún en buen estado o a los restaurantes por servir raciones ciclópeas, somos culpables cuantitativa y cualitativamente. No solo por lo que derrochamos si no porque con nuestros hábitos de consumo somos cómplices de todos aquellos que criticamos puesto que les seguimos el juego por nuestro propio interés. 

Es curioso, puesto que la autocrítica, llevada a la práctica, supone un beneficio inmediato. Mientras que las críticas a los demás pueden o no tener efecto, empezando por un mismo depende exclusivamente de nosotros. Cambiemos nuestros hábitos y difundámoslo en nuestro entorno. Si cada uno conseguimos llevar a cabo esa pequeña tarea y, a su vez, convencer a otros para que hagan lo mismo habremos iniciado el camino. Es más cómodo pensar que no podemos hacer nada, que los cambios corresponden a fuerzas superiores ajenas a nosotros y que somos víctimas de una conspiración, pero el verdadero cambio tiene que empezar por uno mismo y por los que nos rodean. Recuerden también estas otras palabras del gran líder de la independencia india: “Dicen que soy héroe, yo débil, tímido, casi insignificante, si siendo como soy hice lo que hice, imagínense lo que pueden hacer todos ustedes juntos”