jueves, 13 de septiembre de 2012

El basurero del mundo

Desde principios de agosto el petrolero Exxon Valdez descansa, a la espera de su desguace, en la costa de Alang en la India. Durante cuatro meses unas 500 personas se encargarán de cortarlo trozo a trozo hasta que sus 228 metros de eslora y 34.000 toneladas de peso desaparezcan de la faz de la tierra o, mejor dicho, se transformen en chatarra. Este ha sido el último viaje del petrolero que en 1989 derramó más de 40.000 toneladas de crudo en las costas de Alaska. Pero el gigante dormido sigue siendo un peligro para el medio ambiente y las personas que lo desguazarán. Como si de un modelo a escala internacional de las relaciones sociales se tratara, los pobres se encargan de limpiar la mierda de los ricos convirtiéndose en el basurero del mundo.




El cementerio de barcos de Alang es uno de los que más buques desguaza del planeta. Más de 6.000 barcos han pasado por sus costas desde 1.983. Anteriormente esta labor se realizaba en puertos europeos, con personal y maquinaria especializada, por supuesto a un coste mayor. Además, los requisitos para deshacerse de los desechos tóxicos incrementaban aún más esos costes. Es por ello que esta labor se fue desviando a países, digamos, con controles más laxos y mano de obra barata. Una media de 30.000 hombres realizan diariamente este trabajo, en ocasiones sin más herramientas que sus manos, por un salario de dos euros al día en condiciones infrahumanas. Al peligro de trabajar sin medidas de seguridad se une que las sustancias peligrosas que se liberan, como amianto, polifenilos biclorados, aceites pesados, pinturas con tributiltina (TBT) o los restos de hidrocarburos y gases, suponen un claro peligro para la salud de los trabajadores y el medioambiente. Es por ello que las tasas de mortalidad se han multiplicado en zonas como Alang. Según las autoridades indias los riesgos medioambientales están controlados y más de 50.000 trabajadores han sido convenientemente formados. Una imagen vale más que mil palabras.


Otro caso representativo del uso y disfrute que de los países pobres hacen los industrializados lo encontramos en la gestión de los residuos nucleares. Según la World Nuclear Association, se construirán en el mundo unos 237 reactores nucleares de aquí al 2030, por lo que la gestión de los desechos es un problema creciente. En Europa, por ejemplo, un convenio común indica que cada país gestiona los residuos que produce sin precisar cómo. Hasta los años 80 era habitual desprenderse de ellos confinándolos en bidones de hormigón, llegando a verterse de esta forma más de 100.000 toneladas en el océano atlántico.

Así como la defensa de Fray Bartolomé de las Casas de la población indígena americana abrió la puerta a la esclavitud procedente del continente negro la práctica de tirar los residuos al mar dio paso a su traslado a países africanos. Desde los años ochenta Somalia, Guinea-Bissau, Nigeria o Namibia empezaron a recibir cargamentos de residuos nucleares y otros desechos tóxicos como uranio, cadmio, plomo y mercurio. De hecho el tsunami de diciembre de 2004 lleno las costas de Somalia de todo tipo de desechos, incluidos nucleares. Casualmente en las zonas afectadas por el desastre proliferaron las infecciones agudas de las vías respiratorias, hemorragias intestinales, reacciones «químicas» atípicas de la piel y muertes repentinas.


La situación llegó a nivel de escándalo internacional cuando en 1.988 el barco sirio «Zenobia» estuvo buscando puerto durante meses para poder descargar las 20.000 toneladas de residuos nucleares que trasportaba. No fue hasta 1995 que a la Convención de Basilea, que regula los movimientos transfronterizos de los desechos peligrosos y su eliminación, se le añadió un apéndice, con la oposición de los EE.UU, por el que a los Estados miembros de la OCDE se les prohibía exportar residuos tóxicos a otros Estados. Pero ¿Qué ocurre con el resto de países que no son miembros de este organismo? Se estima que en 2001, valga el ejemplo, se embarcaron para África 600.000 toneladas de desechos nucleares desde las costas italianas. Ya imaginarán el negocio que supone para sus puertos. En su defensa, desde el gobierno italiano alegan que ninguna empresa de su país participa en dichos traslados. Vamos, que se lavan las manos, tienen tradición, recuerden a Poncio Pilatos si no.

Un informe de la UNEP, el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, en 2006 detallaba los efectos sobre el medioambiente de los residuos lavados en tierra, en los manglares de la costa, los arrecifes de corales, la pesca y el agua subterránea. Ni siquiera mencionaba los daños humanos, pero, sin ser experto en la materia nos podemos imaginar cuales son. Un 40% de la población de Somalia padece cáncer ¿será casualidad? La cuestión, como siempre, es el dinero. Mientras que en un país con controles estrictos y trabajadores cualificados el costo de almacenar una tonelada de residuos es de 250 dólares en África supone 2,5 dólares. Cada año se generan en el mundo unas 10.500 toneladas de residuos radiactivos. Echen la cuenta.


Además de este envío masivo de residuos tóxicos perjudiciales para el medio ambiente y la salud hemos de tener en cuenta que la laxitud legislativa de muchos de estos países les hace presa fácil de empresas cuya actividad es altamente contaminante y tienen muy difícil o muy caro radicarse en sus respectivos países de origen. Igualmente hay productos que fueron prohibidos en los países más desarrollados y siguieron exportándose al Tercer Mundo, como la gasolina con plomo, el DDT o el tabaco con altas dosis de alquitrán.

La falta de ética y la hipocresía domina la relación de los países industrializados con aquellos que aún están en vías de desarrollo. Una relación dominada por la economía y los intereses de las grandes multinacionales que son los principales interesados en que el estatus quo permanezca inalterable. Pero también la falta de visión a largo plazo, puesto que el medio ambiente no es un compartimento estanco en el cual se pueden aislar sus consecuencias. Antes o después nos afectarán a todos. Mantener empobrecidos a los países de la mayor parte del planeta no hace si no aumentar la inestabilidad y la posibilidad de conflictos. Al igual que en el dilema del prisionero el egoísmo hace que nos perdamos los beneficios futuros de la cooperación y el entendimiento mutuos.